De tal padre, tal tiffoso

Nicolás Jaurena
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Unos años atrás escribí una nota para Vaderetro rememorando aquella aventura que fue ir a ver las 500 Millas de Indianápolis en el año 1985. De aquello pasaron unos treinta y pico de años y como se imaginarán, vaya a saber cómo yo también formé una familia y tengo un hijo varón.

Durante sus primeros doce o trece años los autos fueron simples medios de transportes para él, y sólo le llamaban la atención alguna Ferrari o similares. Se copaban más sus amigos que me pedían que los llevara a pasear en el Lotus… Pero un día hizo click y se empezó a interesar y empezó a preguntar por éste o aquél, las marcas o los precios de aquellas naves que le gustaban. Me empezó a pedir algunos autitos de mi colección para decorar su habitación, a pedir que vayamos a pasear con el auto, que le enseñe a manejar o simplemente ir a ver autos a Libertador. A mí esto me entusiasmaba, pero si le decía que el sábado corríamos en el autódromo a las 9 am no se prendía ni de casualidad. Le faltaba un toque para enfermarlo…

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El verano pasado, mientras estaba en la playa y miraba el horizonte (guiño guiño…), medio en joda, medio en serio, le dije a mi mujer: «le voy a regalar un viaje a Agus para los 15. Nos vamos a Italia a ver Formula 1, ¿qué te parece?» «Uh, genial», me dijo. «Buenísimo. Es un plan de puta madre». ¡Leeeestoooo! Aprobó la patronal no hay quien me pare…

Al otro día saqué las entradas y empecé a estudiar opciones para el viaje: itinerarios, fechas, hotelería, etc. Obviamente el viaje era para ver autos o cosas que tuvieran que ver con autos, aunque finalmente le metimos un poquito, muy poquito, de turismo normal. El recorrido sería Roma-Milano-Mónaco-Módena-Maranello-Roma. Obviamente viajamos por la línea italiana y alquilé un auto italiano. Lo primero, no lo hagan… Lo segundo, ¡cada vez que puedan!

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La espera, desde marzo, fecha en que se hizo entrega del regalo, hasta septiembre, se volvió larga. Pero sirvió para que el niño se fuera aclimatando, aprendiendo nombres y sobre todo se mentalizara que se iba a fumar tres días en Monza mirando “el show de la F1”. Llegó a hacerse una lista mental de los autos que quería sacarles fotos. De más está decir que la completó el primer día.

Llegamos a Roma el día 5, retiramos el auto y partimos para Milán, previo paso por Pisa, que vaya a saber porqué yo quería conocer desde que era chiquito. Lo aproveché. El viernes debía ir al autódromo, pero como pronosticaban lluvia (y de hecho, llovió…), negocié pasear por Milán e ir sólo sábado y domingo, cueste lo que cueste… Así que aproveché para pasear por Milán (con las sugerencias de mi nuevo amigo personal «Qui Milano»). El recorrido incluyó el Museo Alfa Romeo (a título personal, el mejor que visite y disfrute). A la noche cenamos y hablamos de autos con «Qui» hasta que nos cerraron el boliche y nos rajaron. Mi hijo casi se duerme del embole que tenía, pero se la bancó.

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El pronóstico para el sábado era de clima nublado, pero no llovería y así fue. La llegada a Monza fue, primero, en procesión vehicular y, después de dejar el auto “en cualquier lado”, caminamos un rato largo con mucha gente a la par hasta la entrada. A partir de allí se transformaba en una marea humana. Realmente va mucho público y eso que era sábado. Recorrimos un poco la «Fan Zone», que debería haber sido el doble de grande para que quepamos todos. Después nos fuimos a la tribuna de la Variante Ascari a ver las pruebas libres y la «qualy». Debo confesar que esperaba un poco más de descontrol por la cantidad de birra que se tomaron en la tribuna; pero no, todos tranquis hasta que Carlitos empezó a meter los mejores tiempos… Y cuando clavó «el 1» explotaron. Y cuándo se perdieron la última vuelta lanzada por taparse entre sí, ni hablar. Los tanos felices con la «pole position». Estaban ilusionados con el antecedente de la victoria la semana anterior en Spa. El año pasado había arrancado igual pero «las mechas» nos pintaron la cara en Italia. Este año parecía que iba a pasar lo mismo. Nos fuimos contentos de la pista y haciendo cuentas de que deberíamos llegar más temprano el domingo para no tener que patear tanto…

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Domingo tempranito, tipo 8 hs encaramos para el autódromo (recuerden que la carrera era a las 15 hs). Había margen… Y además llovía a cántaros cuando salimos del hotel. A medida que fuimos acercándonos al autódromo dejó de llover y salió el sol. Pintaba que iba a estar bien y no nos íbamos a empapar. Habremos estacionado a 500 o 600 metros de la puerta y tardamos una hora y media en recorrer los últimos 150 metros. Nunca vi tanta gente junta apiñada para entrar, salvo en algún recital. Era una marea roja humana que te arrastraba ordenada hacia la puerta. Una vez dentro del autódromo volvimos a recorrer el «Fan Zone» que milagrosamente no estaba hasta las manos. ¡Incluso aprovechamos para almorzar una tremenda milanesa con fritas!

Durante la previa, hubo carreras y exhibiciones y lo más lindo, obviamente, fue ver al viejito Jody Scheckter acelerar la Ferrari 312 cuyo V12 gritaba más que todos los F1 actuales juntos. Un placer para los oídos escucharlo acelerar por la recta que va a la curva Parabólica.

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La carrera: ¡un carrerón! Vettel, que no tuvo su mejor día, hizo un trompo delante nuestro. Esta vez no me lo perdí… Sí el de Grosjean (que manco, Dios mío…). «Las Mechas» lo tuvieron a Carlitos «cagando aceite» toda la carrera. La diferencia de velocidad en curva a favor de los Mercedes era notoria pero la Ferrari en la recta se la bancaba bien. Terminó ganando Carlitos. Lo miré a mi hijo y le dije: “vamos al podio”. Y salimos disparados hacia la recta principal. Al llegar, los «tanos» tiraban las mochilas por arriba del alambrado y se trepaban. Era bastante alto y yo pensaba que estaba un poco viejo para caerme desde ahí… Por suerte, apareció un «tano» en un camioncito con las llaves de las puertas diciendo: “muchachos, tranquilos que ya les abro». Y pasamos sin problemas. Apurando el paso y empujando a más de uno llegamos a estar a unos 100 metros del podio. Los «tanos», enloquecidos. Bengalas, papelitos, gorro, bandera y vincha… Todos cantando el himno a los gritos. Estaban felices. Fiesta total. Los «tanos» aman la Fórmula 1 y los que amamos la F1 amamos Monza. No debe haber lugar mejor para ir a verla.

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La semana siguió con visitas a Módena y Maranello para ver fábricas y museos de Ferrari, Lamborghini y Pagani (hice una nota de la visita para Autoblog) y finalizó con unos días por Roma, recorriendo su milenaria historia. Mientras nos tomábamos un rico helado en Piazza Navonna, ya con los planes automovilísticos concluidos, mi hijo me reprochó “esto es horrible, me trajiste a ver piedras”…

Fotos: Nicolás Jaurena

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6 Comentarios, RSS

  1. moncho 24/11/2019 @ 6:43 pm

    Que BELLEZA Llevar a tu hijo a la Catedral de lo que
    mas posiblemente te apasiona en la vida Los Autos
    Y la historia se repite !!
    Recuerdo imborrable para ambos.
    Gran idea y lo mejor poder concretarla
    Dejaste la semilla , seguro se convertirá en
    árbol frondoso !!!

  2. Beppe Viola 25/11/2019 @ 5:45 am

    habiendo ya vivido varios trunfos Ferrari en Monza, puedo confirmar todas y cada una de las sensaciones vividas por ustedes en el templo de la velocidad…
    que hermosa experiencia, que lindo imprinting para el pibe…
    Gracias Morgan…

  3. Guevarita 25/11/2019 @ 9:48 am

    Que buena experiencia y solo esa 312 garpa el viaje!!! A mi con la niña me toca Londres y Harry Potter!!!

  4. José del Castillo 25/11/2019 @ 10:32 am

    Don Morgan, me quedé rumiando una «sana» envidia, a mi me tocó en suerte mellizas mujeres.

  5. Adolfo 25/11/2019 @ 2:25 pm

    Simplemente, aplausos totales. Felicitaciones.

  6. Juan 26/11/2019 @ 11:43 pm

    Morgan, siga sembrando, semillas seguro le sobraran , mi nieto se lo merece!!!

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