El arte saca boleto a Centroamérica

Jason Vogel
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El ómnibus lleno serpentea a fondo caminos plagados de precipicios, con su motor diesel International Harvester rugiendo. Los pasajeros viajan endurecidos de la tensión. Como mucho cuchichean entredientes con su compañero de asiento: “este chofer nos va a matar”.

Terminada la secuencia de curvas infernales, la gente puede por fin reir aliviada. Están todos vivos.

Bienvenidos a bordo de los “diablos rojos” y de las “camionetas”, también conocidos como “chicken bus”. Son buses escolares que, después de años de servicios prestados a los niños de Estados Unidos y Canadá, se convierten en el transporte básico para los habitantes de América Central. Supercoloridos, son parte de la cultura popular, por ejemplo, de Panamá y de Guatemala.

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El punto de partida es Georgia, en los Estados Unidos, donde Bluebird fabrica ómnibus escolares desde 1932. La compañía fue pionera en la construcción de carrocerías realizadas enteramente en acero. Ya en 1939, ayudó a que el tono “yellow school bus” sea el patrón. Es aquel amarillo fuerte tan común de ver en las películas de farras colegiales gringas.

Sucede que al norte del Río Bravo después de 14 años de uso (en promedio) los buses son irradiados del servicio escolar. Aunque estén en óptimo estado de mantenimiento y funcionamiento, pierden utilidad para los gringos y sus vecinos del norte. Su destino en general, son los desarmaderos. Pero lo que para unos es basura para otros es un diamante en bruto.

Los grandes revendedores descubrieron el filo de llevarlos a remate y conseguir unos 10.000 dólares promedio por ellos. De allí salen rodando, atraviesan México de norte a sur y llegan a Centroamérica, donde comienza la segunda encarnación de estos vehículos. En talleres especializados son revisados y, a veces, transformados. Sus formas finales y, particularmente, su decoración va a variar de acuerdo a las costumbres de cada país.

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La metamorfosis de los buses escolares en Guatemala es diferente de lo que sucede en la ciudad de Panamá. En Guatemala, los ómnibus americanos son convertidos en lo que el pueblo llama “camionetas” y los turistas (o “gringos”) bautizan con sorna “chicken bus” (dado que es común el transporte de gallinas u otros plumíferos en estos vehículos).

Los asientos que antes llevaban a la chiquilinada al colegio, adquieren “capacidad” para tres adultos. Y a veces sin siquiera ser cambiados… En el medio queda un corredor estrechísimo. Unas escaleras en el exterior permiten acomodar los bultos en el techo. Un lector de compactos garantiza la banda sonora, que según el gusto del chofer, puede variar entre reggaeton, música romántica, temas evangélicos y, las menos de las veces, buena salsa. Casi siempre a un volumen que estremece al pasaje.

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Se les instalan elásticos más duros y las ruedas son cambiadas por otras, más fáciles de desmontar. Eso reduce la parada en caso de pinchar. Para los dueños de las camionetas el tiempo vale oro y los pasajeros lo pueden constatar, por el vertiginoso andar del demente que viaja sentado detrás del volante.

En la parte mecánica, los guatemaltecos prefieren usar motores diesel International Harvester. La caja automática de los Bluebird a veces da lugar a cajas manuales de seis o siete marchas, que aguantan mejor los trayectos y dan menos trabajo si comienzan a fallar.

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Por último, lo principal: la decoración. Empieza cuando el amarillo con franjas negras de los ómnibus escolares da lugar al arte. En Guatemala, los trabajos tienen una línea más ingenua -muchos colores fuertes, letras en degradé, franjas y filetes.

Hay también diversos adhesivos, decenas de pequeñas luces coloridas y muchas terminaciones de aluminio. La parrilla y los paragolpes suelen ser cromados. Todo está hecho para entrar por los ojos en la preferencia del pasajero.

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Las “camionetas” guatemaltecas tienen uso carretero, viajan sobre una red que vincula pequeñas ciudades y centros urbanos como Antigua, o al norte Chichicastenango (“Chichi”) o Huehuetenango (“Huehue”). Además del motorista, viaja un ayudante que hace la colecta del dinero, grita el recorrido y ayuda a trepar los bultos de los pasajeros al transporte. Los pasajeros entran por la puerta delantera. La puerta de atrás sirve para guardar algunas bolsas de batatas y cebollas, cajas de frutas y productos textiles. En muchas líneas, ómnibus de diferentes patrones se disputan los mismos pasajeros. Por eso, están “legalizadas” las carreras para ver quien agarra primero a los feligreses que esperan al costado de la ruta.

Rumbo sur y llegamos a la ciudad de Panamá, donde los antiguos ómnibus escolares gringos también son una visión común. Aquí estos veteranos tienen un uso más urbano.

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Más de cuarenta años atrás el gobierno panameño desreguló el transporte público. En ese clima “libertario” mucha gente consiguió comprar su ómnibus para ponerlo a trabajar. Así nacieron los “diablos rojos”, que a pesar del nombre monocromático, son decorados con todos los colores disponibles en la paleta de sus creadores.

En Panamá la decoración es mucho más elaborada que en Guatemala, más vinculada con el street art, tan difundido por ejemplo en Estados Unidos, país con el que se encuentra mucho más unido en hábitos de consumo y colonización cultural que el país chapín. Gracias al aerógrafo, surgen en los paneles, paisajes, personajes de dibujos animados, figuras siniestras, rostros de artistas, deportistas o mismo de los parientes del chofer o los dueños del transporte.

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Enormes letras supercoloridas tapan el parabrisas casi por completo. En la carrocería de los “diablos rojos” es común encontrar apéndices, como enormes bolas y aletas. Además del chofer, la tripulación la conforma el “pavo”, que colgado de los escalones, grita el trayecto y caza pasajeros.

Esta manifestación cultural panameña se va volviendo parte del pasado. El gobierno reglamentó el transporte público, terminando con los choferes autónomos y distribuyendo recorridos entre grandes empresas. Exorcizados, los “diablos rojos” dejan su lugar a las más eficientes y descoloridas unidades del Metrobus. Las calles de la Ciudad de Panamá posiblemente sean más seguras, pero el ambiente en la metrópolis perdió gran parte de su encanto.

Fotos: Diego Speratti

Publicado originalmente en el suplemento “Carro, Etc.” del diario O Globo, el 29 de febrero de 2012.

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7 Comentarios, RSS

  1. daniel 31/03/2016 @ 9:14 am

    Es notorio como nunca cambio el diseño de la carroceria de estos “bondis” con el paso de los años, podes ver fotos de los 60 y actuales y las carrocerias son identicas, gran contraste con nuestro pais, en donde las carrocerias evolucionaron notablemente

  2. Stevie Wonder 31/03/2016 @ 9:45 am

    guacala….

  3. José del Castillo 31/03/2016 @ 1:36 pm

    Grasas !!

  4. sergioq4 31/03/2016 @ 4:02 pm

    Que negrada!

  5. GUILLOTE CF 04/04/2016 @ 8:06 pm

    Excelentes las fotos.

    Lo del “vertiginoso andar del demente que viaja sentado detrás del volante” lo viví en carne propia pero en Venezuela, viajando de noche desde Maracay a Choroní. Una de estas “busetas” tomaba las curvas de este serpenteante camino a ciegas y a una velocidad casi suicida, solamente advirtiendo con una estruendosa bocina de aire de su arribo…hablamos de un camino con curvas que en ocasiones requieren más de una maniobra para que estos bichos pasen. Ante la cercanía de alguna de ellas, buscábamos un lugar para orillarnos y darle paso, la situación parecía verdaderamente escapada de una película del estilo “Mad Max”…

    Saludos.

  6. Santiago 05/04/2016 @ 2:36 pm

    Casualmente este verano estuve viajando por Guatemala y no pude evitar de ninguna manera (y traté mucho) de viajar en estos vehículos endemoniados. Estéticamente son muy pintorescos y llamativos, lo invitan a uno sin darse cuenta a probarlos cual trencito de la alegría. Pero estando dentro, a una velocidad de 120 km/h y transformado en una pelota humana junto a otras 150 personas más, se transforma en una de las experiencias más humillantes que uno puede vivir.
    La primera vez fue cruzando la frontera con México para dirigirme al lago Atitlán, donde no había ningún colectivo de estos, ni de nada, que te llevara directamente. Cuando entré solo quedaba un lugar libre pero el bondi no salió hasta que no hubiera completado cada cm3 de espacio. Por suerte no soy muy claustrofóbico pero me pregunté que haría uno en una situación así. Una vez en ruta no esperó a que algunas personas bajaran para que otras subieran, simplemente frenaba y a los golpes y empujones se iban metiendo cada vez más a un lugar donde era físicamente casi imposible. Peor aun era salir, ya que cuando uno empezaba a evidenciar gestos o movimiento que tu parada estaba próxima, los que estaban parados comenzaban a desesperarse por ocupar tu lugar. Entonces se desataba una riña feroz literalmente a las piñas donde interferían completamente tu camino de salida y uno pasaba a un segundo lugar. Inevitablemente se debía integrar esa lucha, a las piñas también, para poder avanzar por ese caldo de humanos. El colmo fue un día que pasó todo esto mismo que relaté pero además se sumo que el bondi dobló en una curva a fondo y yo me fui de cabeza (porque no entro parado en un bus escolar) contra no sé que de metal y se me clavó muy profundo un fierro en la rodilla. Me convertí en el Dr. Banner y de golpe me levanté a lo Hulk haciendo volar a un par de hombrecitos por el aire. Aclaro que por esas zonas hay muchos pueblos mayas donde no tuvieron mucho mestizaje con los españoles y por eso conservan su tamaño original que en muchas ocasiones no superan 1,50 mts de estatura. Eso es algo muy sorprendente para un argentino.
    Mis recuerdos no son para nada gratos de los Chicken Bus pero lo que más me sorprendió es que la misma gente local se sometiera a eso. Nunca nadie se quejó con un chofer pero a la hora de buscar un asiento todos se transformaban en temibles guerreros.

  7. Pesutti 06/04/2016 @ 1:35 pm

    ¡Jolines! Los de Guate aguantan con esa mezcla andina-tropical, pero a los panameños se les quemaron los papeles.

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