Temporada F3 1966: recuerdos de un fin de semana de verano

Eirwal
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Martin Davies Brabham BT10 Rosario (RA) 30-01-66

Esta historia gira alrededor de un piloto olvidado y una muy lejana Temporada Internacional de F3. Me encomiendo a mis recuerdos pero dado que todo aconteció hace  medio siglo no dudo que puedo dejar algún bache o caer en pequeñas inexactitudes.

Corría enero de 1966. Con diecisiete años acababa de terminar el secundario y me encontraba cursando el ingreso a Agronomía, más por mandato familiar que por verdadera vocación. Y estábamos a las puertas de la Temporada Internacional de F3. La F1 se había despedido de Argentina en 1960, y venía la ¡nueva! fórmula promocional. Automundo -¡y su equipo!- metieron mucha bulla. Nos imaginábamos un equipo argentino con chances y no la movida clásica de pilotos locales alquilando batatas para pelear la retaguardia. Además, con la promesa de continuidad en la temporada europea. Todo aquello me atraía mucho más que estudiar en verano.

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Sobre estos temas rumiaba mientras salí de la facultad esa tarde de un miércoles con un cuaderno de apuntes y el mamotreto de “Biología de Villee” bajo el brazo, caminando casi sin rumbo por la Avda. San Martín. Mientras vagaba por las calles porteñas recordé haber leído en algún lado que muchos de los pilotos se iban a alojar en el Hotel Nogaró, sobre Diagonal Sur, y decidí probar suerte, ver si podía encontrar a alguno, quizás conversar un rato, llevarme algún autógrafo en mi cuaderno.

Caía la tardecita cuando entré al hotel. Pasé por el lobby y me dirigí hacia el bar con el paso seguro de quien tiene un propósito, una cita o una entrevista. Recuerdo una iluminación tenue y un grupo de muchachos hablando en inglés frente a la barra. Me fui arrimando y vi varias caras que ya conocía de las páginas de “Automundo”: Piers Courage, Charles Crichton-Stuart, Chris Irwin, Jonathan Williams, más algunos que no supe identificar. Me pude meter en las charlas, me convidaron una cerveza y finalmente me invitaron a cenar con el grupo. Ahí me anoticié que andaban sin anfitriones, sin guía y sin traductor. Como supondrán, “ipso pucho” me ofrecí a cubrir todos esos cargos “ad honorem”. Ahí nomás quedé informalmente contratado.

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La mañana siguiente llegué al hotel para emprender el primer viaje hasta el autódromo. No había micros ni combis. Era cuestión de parar taxis e ir metiéndose de a tres o cuatro por auto. En un semáforo se nos apareó Fangio en un Mercedes (220 o 300) plateado: al verlo, los gringos se volvieron locos, al igual que el chofer del Di Tella que nos llevaba, que intentó correrle una picada infructuosamente.

Ya en el autódromo me di cuenta que había equipos bastante profesionales (Charles Lucas Engineering, Neerspach Racing, Automundo, etc.) y otros bastante amateur. En un momento me puse conversar con un australiano, Martin Davies, que me contó que venía solo. ¡Solo! Él, su Brabham verde con franja anaranjada y una cajita de herramientas. Me preguntó si me animaba a darle una mano y, por supuesto acepté. La primera vez en mi vida que pisaba boxes y ya había logrado un ascenso, acababa de pasar a ser ¡lavapiezas! en lo que probablemente fuera el más amateur de los equipos.

Ese jueves las tareas consistieron en desembalar y armar los autos, adjudicar boxes y, en mi caso, hacer un curso acelerado de inglés “australiano” -con sus reminiscencias “cockney”- para entenderme mejor con mi nuevo patrón. Con Martin también aprendí que invariablemente todo objeto, vivo o inanimado, debía ser adjetivado “f*cking!”, sí o sí.

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El viernes comenzaron las prácticas durante las cuales Piers Courage se pegó contra el paredón del curvón. Un golpe no muy fuerte pero que, debido a quemaduras que sufrió en sus pies al reventar el radiador, lo dejaron fuera de toda la Temporada Argentina.

Ese día Martin Davies me enseñó a utilizar el tablero de tres cronómetros y me comunicó que para la clasificación del día siguiente iba a estar en el sillín elevado del box registrando y anotando sus tiempos. ¡Wow! Otro ascenso más: traductor, lavapiezas y ahora ¡cronometrista! De a ratos también daba una mano a mis amigos angloparlantes cada vez que me buscaban para que les sirviera de lenguaraz.

El sábado las cosas fueron tomando más color. Aparecieron las chicas en boxes. No era aún época de promotoras ni de calzas, pero algunas novias y/o esposas empezaron a robar miradas en un ambiente cargado de testosterona. La mayoría de los extranjeros andaban solteros pero recuerdo que Charlie Crichton-Stuart, escocés de prosapia y ex piloto de la RAF, andaba a los arrumacos con Shirley-Anne Field, una atractiva actriz con quien más tarde se casó. Del plantel nacional no creo equivocarme si digo que se destacaban Dolores Blaquier acompañando a Andrea Vianini y Graciela Borges paseando por el box de Juan Manuel Bordeu.

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Pero volviendo a los fierros, mi amigo Martin Davies salió a clasificar y yo me puse a cronometrar. Nada más que para registrar tiempos, porque se habrán dado cuenta que no había quien le mostrara un cartel (eso… si hubiera tenido cartel). No recuerdo dónde se ubicó –sé que no era furgón de cola- pero en algún momento dejó de pasar. Finalizada la sesión apareció, remolcado. Empujamos el Brabham hasta el box y empezó a meter mano en el pequeño Cosworth. El ceño se le iba frunciendo a medida que iba desarmando mientras dejaba oír una letanía de “f*uck”s y “f*ucking”s. Lo mío se limitaba a alcanzarle llaves y tubos de la caja de herramientas. Finalmente llegó el veredicto: una falla grave que requería el cambio de la tapa de cilindros. Más grave aún: Martin no tenía una tapa de repuesto. No le quedaba otra que salir a manguear una entre los equipos más grandes.

Después de un largo rato, cuando ya caía el sol y la mayoría de la gente se había retirado del autódromo, reapareció con una tapa prestada y comenzó el rearme del motorcito. No recuerdo bien, pero por el tiempo que demoramos creo que le habrían prestado una tapa pelada y que hubo que armarla totalmente; válvulas, resortes, balancines con su correspondiente flauta. Yo seguía arrimando herramientas a medida que me las iba pidiendo. Cuando finalmente la colocamos sobre el block ya era noche cerrada, sólo quedaba algún personal del autódromo, que ya estaba cerrado. El australiano y yo estábamos exhaustos.

Fue entonces cuando me dijo que yo iba a estar encargado de ajustar la “f*cking” luz de las “f*cking” válvulas mientras él torqueaba la tapa, reconectaba mangueras, caños de combustible, cable de acelerador y demás detalles. Le expliqué que en mi vida había hecho algo así, que mi rudimentaria experiencia mecánica se limitaba a la atención de un pequeño monocilíndrico de dos tiempos montado sobre una bicicleta y que mi habilidad con una sonda se limitaba al registro de un platino. No quiso escuchar razones, me dio un curso acelerado ayudándome con la primera válvula y me ascendió a ¡mecánico! Cuando finalmente terminamos de colocar la tapa de válvulas lo pusimos en marcha y verificamos que todo estaba en orden.

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Ya sin posibilidades de salir del circuito a buscar cómo volver al centro de Buenos Aires nos tendimos a dormir en el piso del garaje, sobre unas lonas que habían cubierto el auto durante su viaje.

Al día siguiente Martin corrió su serie y la final (que sumaban algo más de hora y media en total) sin contratiempos y logrando un honroso octavo puesto, por delante de algunos nombres que sonaban más fuerte que el suyo. Así concluyó mi fin de semana impensado e inesperado; recuerdos imborrables de un fantástico detrás de escena que me enseñó que puede haber algo más divertido –también sufrido- que ver una carrera desde una tribuna.

……………………………………………………………………………..

Tuve el ofrecimiento de engancharme para acompañar al grupo en las tres carreras siguientes, costeándome mis viáticos pero no obtuve ni los fondos ni la aprobación paterna para encarar esa aventura. En cambio se me informó que me seguían esperando los claustros. Recuerdo sí haber ido a visitar a Piers Courage al Nogaró en días subsiguientes, donde había quedado convaleciendo en su habitación; le llevé alguna Automundo para que viera la cobertura local de la Temporada y charlamos de autos y carreras. Estaba bastante solo en su pieza y creó que agradeció esos ratos de compañía.

Fotos: Tony Watson y Archivo Speratti

8 Comentarios, RSS

  1. Güilbeis 03/12/2015 @ 3:47 pm

    Será el aleman?

  2. Beppe Viola 03/12/2015 @ 4:40 pm

    Excelente Don Eirwal !!
    Que tiempos …!! En las categorias competitivas modernas nadie te presta ni una llave del trece, y un pilotito de hoy no sabe ni siquiera como esta hecho un motor, ni hablar de meterle las manos… viven todos todos encerraditos en su motorhome, como si fueran rockstars…
    Algo del espiritu de aquellos tiempos y de lo que cuenta lo vi en categorias como la Formula Junior Historica…. habria que preguntarle al amigo Aubert…..
    saluti

  3. Santiago 03/12/2015 @ 8:56 pm

    Que buena nota! Que buenas épocas!!!

  4. José del Castillo 03/12/2015 @ 9:06 pm

    Lindísima historia, don Eirwal, lo que puede un poco de caradurez a esa edad !, y por supuesto, el idioma.
    Congrats pal.

  5. José del Castillo 03/12/2015 @ 9:09 pm

    8a. foto, ¿quienes son?

  6. Beppe Viola 04/12/2015 @ 7:10 am

    Puede ser Mauro Bianchi ?? (hermano de Lucien y padre de Jules..)
    En la foto siguiente se ve un intenso tano Vianini en su Brabham Bt15 de la Escuderia Automundo…

  7. Pesutti 04/12/2015 @ 10:40 am

    La primera foto de Davies parecería ser en la carrera de Rosario de aquella temporada. La segunda es en la carrera de Mar del Plata. Con la gente tan cerca la cosa no podía terminar bien.

    Exquisito el recuerdo. Muchas gracias!!!

  8. Conrrero 08/12/2015 @ 2:31 pm

    Viví aquellas temporadas desde la co-dirección del Equipó de Banderilleros de la AAAS. A la de Mar del Plata decidimos no ir, porque no había ninguna garantía de seguridad y así fué que murió Martín. Fuí un amigo no allehgado del querido Horacio, fanático de los Bugatti y una persona cordial y amigable. Respeto el sdeudónimo, pero seguramente llegamos a conocernos…… Excelente nota, un abrazo

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