Y el ACA los deja morir

Enrique Sanchez Ortega
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Así descubrimos un día que al mundo se lo puede dividir en personas sensibles y personas que carecen de sensibilidad. El primer grupo sirve, tiene valor. El segundo generalmente no sirve para nada a esta altura de la soirée. Y a uno, por aquellas cosas mágicas, biológicas o innatas, puede tocarle la suerte de ser sensible.

Una tarde en que nos encontrábamos particularmente predispuestos llegó a nuestras manos un libro inglés que se titulaba “La belleza del automóvil” o algo así. Se trataba de un libro de pocas páginas y casi todas ellas estaban ocupadas por grandes fotos y muy poco texto. Esas fotos reflejaban maravillosamente hasta qué punto el automóvil supera su limitación de simple máquina. Se lo consideraba a través de las páginas (y en imágenes logradas) como la obra de arte que es. Así también, de repente, el movimiento de una curva metálica pulida reflejando el sol, sola y abandonada en medio de un pastizal muy alto, sugería la sensualidad que adquiere una forma geométrica o mecánica cuando está lograda y bajo determinadas condiciones ambientales y/o anímicas de quien observa.

Esas fotos dirigían sin piedad sus impactos a la parte de nuestra sensibilidad que ve en el auto una manifestación de todas esas cosas que pueden ser arte, magia, sorpresa, goce estético, elemento vital, poesía, cultura (como manifestación de hombres de un determinado lugar en un momento especial en el tiempo) y muchas cosas más.

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Hubo también alguien lo suficientemente sensible ante el automóvil como para aventurarse con un equipo de cámaras y filmar en película de color y de 70 mm un verdadero ballet de coches de Fórmula 1 entre las flores. Se han escrito miles de libros dedicados al auto. Libros que para su nacimiento requirieron —lógicamente— la dedicación de uno o más intelectos para cada caso. Intelectuales que entregaron muchas horas de su vida cuando sintieron el llamado del auto. Porque también hubo —finalmente— quienes dedicaron su vida entera al automóvil.

En la República Argentina existe un club cuyos fundadores, movidos por la pasión automovilística, bautizaron Automóvil Club Argentino. A partir del nombre, cualquiera adivina acertadamente que la idea institucional fue la de crear una asociación que nuclee a propietarios y encariñados en cualquier grado con el auto. Con los años, la institución se convirtió en una verdadera potencia económica que arroja suculentos y multimillonarios superávit al ejercicio de cada año.

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Hoy hay poca diferencia conceptual entre la compra de una heladera o de un auto. Y el Club ofrece service a las máquinas (máquinas autos, no máquinas heladeras). Pero ese es otro problema. Vayamos a la actitud de los dirigentes. De aquellos señores sensibles al motor que había reemplazado al caballo fue quedando muy poco, a medida que las décadas se comprometían más con el nuevo siglo. La sensibilidad de las autoridades dejó lugar a una burocrática administración. La imagen del club se convirtió por méritos propios en algo evidentemente “no sensible”. Pluralizando lo que cualquiera supone que puede ser calificativo para una sola persona. Curiosamente, el alma del club envejeció y pasó a la división mundial que generalmente no sirve para nada visto únicamente con ojos sensibles.

Toda esta gente es directamente responsable de la muerte de un grupo de coches de gran valor universal, cuyos cadáveres yacen hoy en la avenida Vélez Sársfield, dentro de la Escuela Técnica del Automóvil Club Argentino.

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La historia de esta que fuera una valiosa colección de automóviles comenzó antes de la revolución del 55. En aquel entonces existía en el A.C.A. un grupo de gente que se movía. Y que se ocupó de juntar los coches que el Club recibía como donaciones o de alguna otra forma. Estos coches estaban —si la corta memoria no falla— amontonados y restaurándose en algún piso del edificio central del Club. Después sobrevino la revolución, los cambios políticos y los cambios de autoridades que llegaron a alcanzar al Automóvil Club. Parte de la colección de coches, todos o casi todos en orden de marcha, se fueron a vivir a un salón especial en el Museo Histórico de Luján. El resto quedó en el mismo piso del edificio central, donde siguieron siendo víctimas de la rapiña indiscriminada.

Lo primero que desapareció fueron los faros de bronce, instrumentos de tablero y demás souvenirs. Entonces —casi porque sí— se los trasladó a uno de los talleres del A.C.A. Allí continuó la destrucción, debido en gran parte a la proximidad de un edificio en construcción. Dentro de la zona de influencia de los cascotes, ladrillos, cemento, cal, agua, arena y demás materiales inherentes a la construcción, se guardaban los coches antiguos. Muchos de ellos habían llegado andando por sus propios medios, pero para entonces ya no eran más que despojos casi inidentificables. Desde allí, y por una orden de quién sabe quién y con qué motivo, se los trasladó a un nuevo cementerio, que es el lugar donde se encuentran actualmente. El transporte de Belgrano hasta la avenida Vélez Sársfield se hizo utilizando las grúas del Club. Los choferes de estas grúas no tenían por qué conocer el valor de lo que estaban llevando a remolque, aunque sí debían saberlo quienes dieron la orden. Pero lamentablemente no se tomaron las precauciones que se imponían, y así pudo un conocido periodista especializado y gran amante de los coches de colección ver pasar ante sus ojos una cupé Cadillac, anterior a la primera guerra, colgando de un camión grúa, rodando sobre las ruedas de alambres sin cubiertas. El primer pensamiento del periodista —por un problema de inteligencia y sensibilidad— fue el mismo que recogió de los demás cuando relató lo visto: “¡Qué bestias!”.

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Sabemos que en algún efímero momento existió la idea de crear un equipo de gente especializada con la misión de restaurar los coches que no habían viajado a Luján. Aunque lo acertado hubiera sido integrar un equipo de gente que realmente conozca el tema con el fin de restaurar también los coches que se exponen en Luján y que lucen orgullosamente debajo del cartel de identificación (identificación equivocada en algún caso) el nombre del propietario: Automóvil Club Argentino. Muy pocos vivieron la vergüenza que por nuestra cultura e inteligencia padecimos cuando Lord Montagu de Beaulieu destacó a las autoridades que lo acompañaban en la visita a Luján que la identificación de aquel coche estaba equivocada, pues no se trataba de tal marca sino de tal otra. Y esa gente expone en el único museo que se ocupa del automóvil —aunque sea en parte— en nuestro país.

Pero la noble idea de crear esos equipos restauradores nunca llegó a concretarse. Algunos coches se expusieron posteriormente en la Exposición del Sesquicentenario a la intemperie y sin ninguna clase de vigilancia. Eran simples elementos decorativos. Y los coches terminaron de morir su tercera muerte. Allí, en la avenida Vélez Sársfield, cualquiera puede ir y ver, porque siempre estarán allí en el mismo lugar, en el patio central de la Escuela Técnica del Automóvil Club Argentino los cadáveres imputables a la económicamente poderosa institución de un Mors, un Napier, una cupé Cadillac de maravillosa carrocería, un Renault, un De Dion-Bouton, un Krieger eléctrico del siglo pasado, otro Cadillac y más y más esqueletos.

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Serán trece o quince autos que alguna vez sirvieron para que alguien los viviera o se sintiera conmovido ante su belleza. Hoy todos ellos podrían ser magníficos exponentes de la primera parte de la historia del auto. Pero allí no termina el exterminio inconcebible, porque dentro de uno de los galpones donde funciona la Escuela yacen los cadáveres de las dos Ferrari que integraron el equipo argentino y que defendieron los colores argentinos contra los europeos (aún se notan los colores internacionales argentinos en los restos de carrocería). Una de las Ferrari está armada, es decir, está sobre sus ruedas con algunas piezas puestas encima. La otra está sepultada bajo una enorme pila de muebles, bancos de escuela y basura. De esos coches, en alguna parte del edificio hay gran cantidad de repuestos e incluso uno o más motores completos. En ese mismo galpón agoniza su casi inexorable muerte una antigua autobomba Renault que un cuartel de Bomberos Voluntarios, en un gesto del que deben estar más que arrepentidos, donó hace pocos años para que el A.C.A. la pierda.

El automóvil es nuestra pasión y la de mucha gente en el mundo. El preservar expresiones culturales es rasgo de inteligencia. De personas inteligentes o de pueblos inteligentes. En Buenos Aires, la capital de Sudamérica, la institución automovilística más importante del país condena a muerte a un puñado de coches con gran valor de colección. Todos, representativos de sus épocas. Todos, con valor universal (por lo menos 40 millones de pesos viejos, haciendo un cálculo estimativo grosso modo) y algunos de incalculable importancia para nuestro país (las Ferrari del equipo argentino).

Ferrari

Sabemos que hubo quien se ofreció a restaurar ad honórem todos esos coches. Pero como era necesario hacer un presupuesto de gastos de repuestos y todo lo demás, y como la burocracia impera en el A.C.A., nunca se pudieron dar los coches a nadie para que se salvaran. Hubo también un grupo de gente idónea que se ofreció y se le dio el no de los niños.

Por eso acusamos públicamente al A.C.A. como responsable de la muerte de estos coches, patrimonio cultural de nuestro país. Por eso proponemos al A.C.A. que llame a licitación para encontrar el equipo que se encargue de salvar lo que aún se pueda de lo que fue una valiosa colección de automóviles. Por eso sugerimos al A.C.A. que intente —dentro de sus limitaciones— rejuvenecer su administración y que busque a quien pueda dar la orden o poner su firma para que se otorgue una subvención y los coches puedan ser restaurados.

Si alguno de estos coches se salva, puede ser que no nos sintamos un poco afectados todos —como argentinos— por la misma expresión del periodista frente a la grúa arrastrando la pieza de colección que se destrozaba contra el pavimento: “¡Qué bestias!”.

Fotos: Archivo Speratti

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RECUADRO: Inclasificable

El cuadro es patético. Para quien encontrar un faro de bronce de aquellos que iluminaban por gas de carburo es un hallazgo invalorable, ver montones de elementos sueltos y oxidados o conjuntos de piezas destrozadas resulta indignante.

Carrocerías especiales con las maderas podridas y las partes metálicas oxidadas. Lujosos tapizados de época absolutamente deteriorados, con el refinado terciopelo del capitoné o de las cortinas roldo en forma criminal. En el suelo, entre inodoros, basura y chatarra, se puede reconocer la tuerca de bronce que tapaba la maza trasera de un Cadillac de la segunda década del siglo, una llanta de rayos retorcida e inutilizable, piezas fundidas y torneadas con la inconfundible calidad de otras épocas, restos arrancados de carrocerías, elementos todos que ya nunca se recuperarán porque muchos de ellos son únicos.

Otras cosas han desaparecido para siempre para ir a parar seguramente a un tacho de basura: instrumentos de tablero que son piezas inexistentes en el mundo, faros, bocinas, escudos, accesorios mecánicos de los motores tales como magnetos, carburadores, bujías, manivelas de arranque, etcétera. Objetos de valor entregados al vandalismo por culpa única y exclusiva de los desconocidos responsables del A.C.A. Dentro del galpón principal, desparramados en una mesa, están los pistones del motor —o los motores— de las Ferrari 1.500 cc; en un rincón, abandonado, el block; en algún lugar, y si es que todavía está, un motor Maserati 2000; piezas y más piezas que seguirán el mismo camino al robo o a la muerte. En el mismo lugar, y bajo una pila de muebles, otra Ferrari completa agoniza sin que hasta ahora nadie haya oído sus quejas acusadoras. Será precisamente por eso que está allí, ahogada para siempre por quienes dirigen la entidad patraña de nuestro automovilismo. A quien concierne, que tome las medidas necesarias.

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Krieger II

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Ferrari II

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Ancestro

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Esta nota fue originalmente publicada en la Revista Corsa #205 del mes de marzo de 1970 y forma parte del libro “Viven Aquí” que reúne buena parte de la sección que llevaba ese nombre en Corsa, escrita por Enrique Sánchez Ortega, y que buscó generar conciencia en torno a la preservación de los autos clásicos que viven o vivían en Argentina.

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Brough Superior Black Alpine

No dejen de visitar el facebook de “Viven Aquí”, con muchísimo material de la época.

7 Comentarios, RSS

  1. Gaucho Pobre 03/07/2019 @ 2:31 pm

    Que pluma la de Enrique Sanchez Ortega. Fuimos muchos los que nos introducimos en este mundo bajo sus preceptos. Impresionante material fotográfico.
    Me quedo con la frase “El preservar expresiones culturales es rasgo de inteligencia”.
    Gigante, imponente y hermosa la Cadillac.

  2. Gaucho Pobre 03/07/2019 @ 2:59 pm

    Seguramente no fue casualidad. La nota nos llega casi en coincidencia con el 30° aniversario de su partida.

  3. marbadan 03/07/2019 @ 9:09 pm

    ¡¡QUÉ BESTIAS!!! QUE HUBO Y QUE HAY EN AMBAS MÁRGENES DEL PLATA……..

  4. Alejandro Marino 04/07/2019 @ 7:58 am

    El Renault y el inodoro fueron portada de CORSO, un insert en clave satìrica ( hoy diriamos “capusottesca” ) de un numero posterior de CORSA, ese fenòmeno de epoca que nos ha marcado a muchos.
    Por otro lado maravillosos los otros ejemplares que aparecen en el entorno , Goggomobil 300, Estanciera, Chevrolet, Pontiac, 11 Ligero??, Willys ? , Ford, una Bradford ??? , un Hillman ?? (como el que vive en Carmelo a un par de cuadras del puente) y hasta el camion Dodge del ACA, y el clima de epoca de escuela tècnica.
    Gracias

  5. Güilbeis 04/07/2019 @ 3:10 pm

    Me acuerdo de esa nota y del número especial Pararisas Corso que se terminó desintegrando de tanto leerlo.

  6. Lucas Gilardone 04/07/2019 @ 10:51 pm

    El ACA brindó las radios portátiles, logística, y se cree que algo más, al Coronel Osinde cuando fue a Ezeiza a recibir a cierto personaje.
    Sí, ese mismo Osinde, el de la foto infame. Sí, ese mismo episodio en Ezeiza.
    No me hagan hablar que se me crecen los pelos…

    No me extraña lo del ACA, ya entonces una runfla de burócratas al servicio de la muerte en todas sus formas.

    La pluma de Sánchez Ortega, impecable, elegante y precisa como siempre.

  7. moncho 05/07/2019 @ 8:03 pm

    Desolacion , tristeza no tiene fin !!!!
    Lo mas triste e incomprensible es que recién últimamente
    hemos empezado a valorar estos tesoros de una Argentina
    prospera y pujante !!!

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