La 126 parisienne

24/Oct/2009

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Viajando a París en ocasión del Salón del Automóvil del 2004, nos cruzamos con el hoy coautor de este espacio, el buen Speratti. Allí, luego de recorrer la muestra, me quedé unos días de garrón en la habitación de un hotel de muchas estrellas y alfombras tupidas que le había cedido no recuerdo cual automotriz.

Como buen trotamundos, Speratti tenía también un amigo allí y fuimos a visitarlo, aunque de ese encuentro, lo único que recuerdo es que tenía una novia española que estaba más buena que el pan con Nutella. Fuimos a almorzar a una coqueta brasserie en Marais y cada tanto nos codeábamos con mi compañero apuntando los sentidos hacia la diosa ibérica. En un momento, me di cuenta que estábamos al borde del papelón, así que para distraer la mirada de su escote, balbuceando una tonta excusa junté mis huesos y me los llevé deliberadamente hacia la calle.

Luego de unas buenas bocanadas de aire, y como la sensación de bienestar se asomaba lentamente, decidí hacer unos pasos de más y dar una vuelta manzana. A los pocos metros detuve mi marcha delante de este peculiar Fiat 126, auto de dudoso valor histórico, aunque simpático, no sea más que por su ínfimo tamaño.

Será por eso y para poder batallar en la dura jungla de hormigón, que el dueño de este 126 lo equipó con artillería pesada, dando por sentado que su pequeña albondiguita sería maltratada por los insensibles conductores que a fuerza de empujones se ganan un lugar para estacionar en las apretadísimas calles de la capital.

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