
Hubert de Givenchy fue el co-inventor del clásico “pequeño vestido negro”. Es cierto que eso fue más de una década antes de la aparición del primer 911 Turbo, pero uno nunca lo diría al ver el famoso vestido. Un clásico. Con prestancia. Atemporal. Apasionante. No le sobra ni le falta nada. Por mucho que los tiempos se vayan sucediendo a ritmo de vértigo, siempre ha sido y será una buena elección para casi cualquier ocasión.
Hace medio siglo se presentó en sociedad en la Porte de Versailles. El mundo venía de la crisis del petróleo, y en Alemania incluso estaba prohibido conducir los domingos, algo que se palpaba en el ambiente de aquel Salón del Automóvil. Para presentar justo en ese momento un deportivo tan rápido y potente hacía falta mucha confianza en uno mismo. Incluso en la propia Alemania, que acababa de ganar el Mundial de Fútbol, muchos albergaban dudas. No obstante, en el comunicado de prensa de Porsche de entonces, se da a entender el orgullo por el Turbo: “A pesar de sus excelentes prestaciones, el nuevo Porsche renuncia a todos los atributos negativos de la máxima potencia convencional. Su equipamiento no es duro o espartano y no se muestra sensible durante el funcionamiento”. En aquel octubre de hace 50 años, la tecnología de la industria del automóvil alcanzaba su zenit en el segmento de lujo. Como una categoría en sí mismo, el 911 Turbo asumió desde el principio una posición de excepcionalidad. Muchos lo califican como “una autoridad”. Siempre ha infundido un gran respeto.
En la ciudad olímpica de 1924 y 2024, no podemos sino recordar al barón Pierre de Coubertin. Al fundar los Juegos Olímpicos de la modernidad, el parisino abogó por una competición internacional con un lema común para todos: «Más alto, más rápido, más lejos«. Muchos están llenos de energía, pero en los Juegos Olímpicos hay que dar el máximo nivel justo en el momento idóneo. ¡Qué idea tan estimulante ver al Turbo recorrer el Stade de France como un as, como el triunfo en la baraja entre los automóviles!
El Turbo se convierte en una actitud ante la vida: dar siempre lo mejor de uno mismo, demostrar lo que es posible. El término impregna incluso la vida cotidiana como punto de referencia. En español incluso se habla de «meter el turbo» para referirse a un rendimiento fuera de lo convencional, y hasta las guías de autoayuda le piden a uno que «encienda su turbo». La última versión de la aplicación de IA ChatGPT lleva incluso el calificativo de «Turbo». Se trata de una palabra fuerte o, por así decirlo, de una expresión de fuerza en el mejor de los sentidos.
El regreso a París es una especie de historia de amor a toda velocidad, en este caso con un auto que puede dejarlo a uno sin aliento. Las grandes entradas de aire le proporcionan su elixir vital, el oxígeno. La parte trasera parece que da alas independientemente de la perspectiva desde donde se mire. Hasta los inicios de la escuela de conducción deportiva de Porsche se remontan al Turbo, ya que este primer 911 tan enérgico de serie les resulta a muchos difícil de domar. El “tiempo de respuesta del turbo”, ese engañoso silencio antes de que el volcán entre en erupción, es actualmente un mero recuerdo lejano, pero todo el que agarró el truco ya nunca quiso renunciar a él. Todo es cuestión de dominio. Sin embargo, aún después de generaciones y generaciones de Turbo, un probador afirmó: “A sus adeptos les encantará comprobar que sigue siendo un animal”.
Ernest Hemingway escribió que París es un festín para la vida. Las calles de Montparnasse le enseñaron al Nobel estadounidense que “El mundo está tan lleno de tantas cosas pequeñas que estoy seguro de que todos deberíamos sentirnos felices como reyes”. No llegó a conocer a nuestro rey de los deportivos, pero seguro le habría encantado.
¿Hay algún otro deportivo en el que frenar depare una satisfacción similar a la de acelerar? Es una elegancia continuada con un efecto brutal. En el caso del Turbo, lo importante nunca es presumir, sino más bien una sana rebeldía al frenar. Unas propiedades magníficas para todos los que saben afrontar bien la presión sin caer en el estrés. Tranquiliza conocer bien las posibilidades. Efecto, habilidad, capacidad… el espíritu grandioso del Turbo tiene mucho que ver con la prestancia. Con el fino silbido que hace el sobrealimentador al entrar en funcionamiento, parece trasladarse al volante. El Turbo se graba rápido en el oído y desde allí hace vibrar el alma. Incluso Herbert von Karajan, entusiasta director también del volante de su 911 Turbo, reconocía una orquesta en la interacción entre vehículo, ser humano y motor. Armonía en prestissimo. Un sonido con color pleno.
Un Turbo no necesita una meta determinada. De hecho, supone el permanente inicio de un viaje, y no sólo desde el punto de vista técnico. Cada generación es consecuencia del progreso y despierta la misma fascinación que envolvió en su día a la presentación en el Salón de París de 1974. No es de extrañar que acelere los pensamientos. El ritmo vertiginoso del día nos hace salir de la ciudad rumbo al regio y delicioso palacio de Versalles, pero esto no es una despedida. Registramos una última frase de Hemingway en el libro de ruta del Turbo: «Si has tenido la fortuna de estar en París siendo joven, entonces te llevarás contigo la ciudad para el resto de tu vida dondequiera que vayas«.
Texto: Elmar Brümmer Fotos: Vince Perraud
Nota publicada originalmente en el número 411 de la revista Christophorus
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