Historias de bodegón

12/Sep/2011

Cuando Horacito García me invitó a almorzar el sábado pasado a su “laboratorio”, fui muy cauto en preguntar: “¿hay asado?”. Es que bajo ese inofensivo nombre, los anfitriones se despachan con verdaderas bacanales de las que sale uno bastante herido físicamente, aunque (hay que reconocerlo) con el alma en paz.

No era este el caso, así que me dispuse a disfrutar del sol y viajar hasta Argentona (curioso nombre del pueblo, ¿no?) para entrarle a una buena excalivada, tinto de verano, y algunos retazos de animal selvático que con gran mesura el camarero del lugar nos fue proveyendo. Promediando el encuentro, entre sorbos de café de sobremesa, alguien deslizó por lo bajo: «vamos a ver el Swallow Doretti”… Lo primero que mi fermentado cerebro procesó fue que había que tragarse algo llamado “Doretti” (traducción de Swallow), y enseguida atiné a preguntar nombre y condición de la persona con ese apellido…

Grande fue mi alivio cuando supe que no se trataba de ninguna excursión a lo desconocido, ni había que andar escapando de algún rito iniciático de esta nueva cofradía de amantes de los clásicos catalanes. Simplemente ese era el nombre de un auto que había llegado el día anterior al taller para unos arreglos. Con el alma en su lugar, acepté la propuesta y dejamos nuestras sillas vacías no sin antes pagar por lo comido y bebido.

Luego de que el cordero, las verduras y el tinto encontraran modo de dialogar en paz dentro de mi tracto digestivo, y con el sol a todo volumen, volvimos por la serpenteada carretera que lleva hacia el boliche en donde me encontré con este automóvil que a todas luces declara querer ser algo más de lo que le tocó como destino.

La historia cuenta acerca de una empresa llamada Swallow coachbuilding (swallow también quiere decir golondrina, pero me enteré hace pocos minutos). Dicha factoría, ex propiedad de Jaguar, se puso a fabricar este deportivo en 1954, con chasis tubular, mecánica Triumph TR-2, y vestido de aluminio, que le propiciaban muy buenas prestaciones para competir en carreras de la época. Nobles ideales que poco duraron ya que el lobby de Jaguar comenzó a hacerse sentir fuerte entre los proveedores y fue así como un año más tarde y luego de casi 250 unidades terminadas, declararon “inconveniente” que la producción siguiera adelante.

Este ejemplar llegó a España en aquellos años, pero un encontronazo contra el Talgo (tren de alta velocidad) lo dejó bastante malherido y el antiguo dueño se lo llevó a Serra para su reconstrucción. Serra, uno de los más prestigiosos carroceros catalanes es conocido por algunas interpretaciones sobre el Pegaso Z-102 que se ven seguramente mejor que la estrambóticas Saoutchik, pero poco podían hacer al lado de las Touring. El buen Serra tomó este Doretti, y lo vistió a la moda en aquellos años sesenta, muy distinto a lo que fuera en su origen, dándole un aspecto completamente opuesto al que traía de fábrica. Desaparece la sensación de auto compacto, y se transforma en algo más ostentoso, una especie de Jaguar “E” de barrio…

Poco afortunado el remate posterior con la zaga colgando del eje trasero en vez de apuntalarlo y marcar la fuerza sobre la rueda. La tensión está mucho más atrás, dando la sensación de que se está cayendo. El auto es “gordo” por donde se lo mire, y no refleja nada de musculatura expuesta.

La parte buena de esta historia es que se trata de un ejemplar único, y recarrozado en la época, que lo hace de gran interés. Por ende, nuestros comentarios acerca del equilibrio de sus formas poco importarán al afortunado poseedor de este original “espaider” inglés.

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Tags: General

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