
La mansión es planificada por un arquitecto, construida, inaugurada con una gran fiesta y disfrutada por generaciones, hasta que la falta de atención la marchita al punto de convertirla en ruinas. Asimismo los automóviles abandonados son creados por grandes ingenieros y diseñadores, llevados a producción, estrenados con alegría, admirados, y disfrutados en gran medida hasta que una reparación costosa o la negligencia de la falta de uso y mantenimiento los llevan al deterioro. Le sucede a todo tipo de automóvil y, tristemente, les ocurre incluso a autos con pedigrí, como los Porsche.
Es muy raro toparse con uno y transcurre mucho tiempo entre un hallazgo y otro. Pero están ahí, esparcidos por toda la isla caribeña, esperando con su gran belleza a ser redescubiertos. Una vez el lente de la cámara los captura, se crea un extraño magnetismo que obliga al fotógrafo a volver a visitarlos muchas veces. Es el caso de los trillizos 924 en la árida costa sur; la pareja de 914 en Salinas, el 928 que duerme en un monte de Canóvanas, el 912 Targa relegado a un rincón de un taller en San Juan y el más impresionante de todos: un frágil 356 que tras décadas a la intemperie en un estacionamiento público frente al mar, en 2017 enfrentó la furia del huracán María… y sobrevivió.
Los Porsche boricuas olvidados no son simples automóviles decrépitos. Son mucho más que eso. Podemos entenderlos como piezas poéticas.
Fotos: Prensa Porsche
Artículo publicado originalmente en la edición número 401 de Christophorus, la revista para clientes de Porsche.
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A los que nos gustan esas cosas, mas allá de lo pintoresco de las fotos, nos duele verlos así y nos gustaría meterles mano, ese 356 es una picardía, el targa otro tanto, aunque sea para hacer arte con algunas piezas, pero, difícil la mudanza de los mismos.Ojalá alguien tenga ganas y recursos de rescatarlos