
El Carde es un exuberante fruto de la Fundação Lia Maria Aguiar. Vale explicarlo: Doña Lia es filántropa y millonaria, heredera de una parte de Bradesco, uno de los bancos líderes de Brasil. Sin hijos, ella mantiene desde 2008 la institución sin fines de lucro que lleva su nombre, dedicada principalmente a proyectos socioculturales para infancias y juventud en la ciudad serrana paulista.
La intención de crear el museo surgió en 2018, cuando la Fundação Lia Maria Aguiar compró la gran colección de Og Pozzoli, un coleccionista pionero en Brasil. Desde entonces, Luiz Goshima, consejero de la fundación e ideador de Carde, viene aumentando el acervo, adquiriendo autos en Brasil y en el exterior. Ya son más de 500 ejemplares. De éstos, “apenas” 100 serán exhibidos en simultáneo. Los otros harán las veces de reserva técnica para renovar las exposiciones de vez en vez.
“No queríamos que fuese otro museo más, encorsetado en el auto como objeto. La idea aquí es usar el auto como punto de conexión con la historia, el arte y la cultura brasilera”, explica Goshima, director ejecutivo de Carde.
Nomás la entrada impresiona. Con arquitectura moderna, el museo está en medio de un bosque de araucarias. El día del pre-estreno había en el área externa tres impecables autos populares de la década de los años 60 en sus versiones más básicas surgidas a partir de una política gubernamental de entonces (DKW-Vemag Pracinha, VW Fusca Pé-de-boi y un Renault Teimoso), sacando a pasear a los visitantes. Uno de los orgullos del equipo de mantenimiento es que todos los autos funcionan.
Entramos en la llamada “cámara de descompresión” y, finalmente, al museo. Los ambientes fueron concebidos por el arquitecto y artista gráfico Gringo Cardia, el más reputado de los escenógrafos brasileros vivos. Si fuiste alguna vez a un gran show de artistas brasileros, desde Paralamas do Sucesso a Xuxa o Maria Bethânia, ya estuviste frente a una escenografía firmada por Gringo.
Ese Carde del nombre se podría estar refiriendo a Cardia, debido a la importancia de las escenografías en las salas de exposición. Al atravesar la puerta principal, los visitantes se encuentran con una coupé Uirapuru haciéndole justicia a su nombre: cual pájaro, esta en lo alto de un árbol nativo (cajueiro) de metal con hojas de crochet, dentro de una instalación de los artistas plásticos indígenas Daiara Tukano, Rudá Jenipapo y Caripoune Yermollay, con participación de 200 tejedoras de Brasilia. El auto, mientras tanto, fue pintado en los colores del pájaro Uirapuru. ¿Ver este raro Brasinca ahí arriba parece extraño para tu visión fierrera del mundo? Mantén la calma y andá metiéndote en clima…
Continuamos la visita de manera cronológica por la planta baja, que está dividida por períodos históricos a lo largo de un laberinto de salas. En la primera nos damos de frente con un Cadillac M, año 1907, una coupé tan corta y alta que parece un auto de Elvira Pato, la abuela del Pato Donald.
Está junto al Hispano-Suiza 30-40 HP 1911, que puede ser considerado la piedra fundamental del «antiguomobilismo» brasilero. En la década de los años 60, este auto fue restaurado (con cierta “creatividad” y los recursos disponibles en la época) por Roberto Lee, uno de los primeros coleccionistas de autos en Brasil. Era el clásico favorito de Lee y la pieza principal de su Museu de Antiguidades Mecânicas, en Caçapava, en el estado de San Pablo.
Dentro del mismo ambiente tenemos un Cord L29 de 1931, modelo pionero en la tracción delantera, así como un Benz 1913, un Rolls-Royce 20 HP de 1927 y un Auburn 8-90 Phaeton Sedan de 1929. Al lado de esos autos brillosos, llama la atención una limousine Voisin C3, con carrocería Belvallette, inmaculadamente original. Recientemente descubierto en Francia, este auto perteneció a la misma familia desde 0 km. Sería un crimen desarmar un auto tan preservado para una restauración completa.
Destacados, hay dos gigantescos superautos de preguerra: un Duesenberg J del año 1930, considerado por muchos el mejor automóvil de todos los tiempos fabricado en Estados Unidos y un Isotta Fraschini Tipo 8A con carrocería Castagna de 1925. De tan importantes, cada uno de ellos se hizo acreedor a su propia sala de exposición.
El Isotta fue un regalo de Henrique Lage, uno de los brasileros más ricos allá por la década de los años 20, a su esposa, la cantante lírica Gabriella Besanzoni. El matrimonio vivía en el palacete del actual Parque Lage, en Rio de Janeiro. Y la sala creada por Gringo Cardia replica el techo y las columnas de aquella construcción. Es muy impresionante, especialmente para quien conoce la casa original.
El Lincoln contrasta en tamaño con el Escarabajo convertible que trasladó al presidente Juscelino Kubitschek en la inauguración oficial de la fábrica de Volkswagen, en Via Anchieta, el 18 de noviembre de 1959 (el complejo, igualmente, ya estaba funcionando desde hacía tres años).
El tercer automóvil en esa sala es el Willys Itamaraty Executivo 1967, única limousine producida por un gran fabricante instalado en Brasil. Fueron terminadas 27 unidades, pero sólo una de ellas con techo solar en la parte trasera del habitáculo. Perteneció originalmente al gobierno paulista y hoy está en Carde.
En la misma planta baja también hay una sala con decoración inspirada en la escuela de arte vanguardista alemana Bauhaus (1919-1933). Entre las estrellas encontramos un BMW 327 cabriolet, lanzado en 1937, un Daimler inglés de 1939 (con carrocería Sedanca de Ville terminada con mimbre en los laterales) y un increíble Cadillac V16 Coupé 1939, comprado a una colección de Minas Gerais, aparte del ya citado Chrysler convertible 1948 enmarcado por Cavalcantis y Portinaris.
Avanzando en el tiempo, entramos a una sala donde están los autos de las décadas de los años 50 y 60: Cadillac Eldorado 1955, Chevrolet Corvette 1959, Mercedes-Benz 300 SL Roadster, Aston Martin DB5, Porsche 356 y por ahí va… El contrapunto de tanta potencia y cilindrada es una Vespa M3 con sidecar. Sobre las paredes amarillas, obras de Heitor dos Prazeres y de Djanira.
Esperamos que el lector amigo no esté cansado ya del paseo pues, en el segundo nivel, hay un gran salón sin tanta escenografía, pero con un poco de todo. Lo más destacado son los superdeportivos dispuestos en círculo: un rarísimo Jaguar XJ220 (con su motor V6 biturbo de 550 CV), Lamborghini Countach y Diablo, Ferrari F50…
Es en ese mismo piso que están el auto más antiguo y el más moderno de Carde: el pequeño De Dion-Bouton Type G 1902, perfectamente operacional (dan ganas de participar en la London-Brighton con él), y un McLaren Senna GTR XP, de 2020. En el primero hay 4,5 caballos de potencia, mientras el segundo rinde 825 CV, evidenciando el avance tecnológico en 118 años.
Para los fanáticos de Volkswagen hay un espacio con “Split”, “Oval” y… ¡miren ahí ese cabrio Hebmüller! Hay tanta abundancia en este museo que el Escarabajo más raro (y más caro) existente en Brasil pasa desapercibido. Merecía más protagonismo.
Entre las curiosidades hay un tractor Allgaier-Porsche P312 de 1954. Esos tractores eran importados de Alemania por el Instituto Brasileiro do Café y vendidos a precio de costo a los agricultores. Esa versión tenía un carenado para no dañar las plantas de café y estaba equipada con motor de dos cilindros, 1,8 litros a nafta, refrigerado por aire.
Hay que dar unos pasos más y te vas a encontrar con una rarìsima limousine Pierce-Arrow 1937, con motor V12, arrastrando un trailer de la misma marca y el mismo año: el Pierce-Arrow Travelodge.
Y miren lo que encontramos en el elevador, en un rinconcito discreto, en espera de ganar su espacio en el salón: la Carretera 18 (“Cupecita”) de Camilo Christófaro, el “Lobo de Canindé”. Es, ni más ni menos, uno de los autos de competición más emblemáticos de la historia del automovilismo brasilero (junto al Bino Mark II y al “Patinho Feio”).
Las restauraciones son hechas afuera (en talleres como Ponto 40, en Curitiba), pero una escuela para formación de restauradores, llevada adelante por la Fundação Lia Maria Aguiar, ya está funcionando en el terreno de Carde. Los automóviles del museo son puestos en marcha una vez por semana. Puertas ocultas y bien disimuladas permiten sacar los vehículos de los salones de exposición.
La curaduría del acervo es responsabilidad del investigador automotriz João Pedro Gazineu, un joven oriundo de Petrópolis, en Rio de Janeiro, que recita de memoria los números de chasis de todos los Rolls-Royce que han rodado en Brasil. Se pueden dar una idea del nivel de rigurosidad de la información a la que tienen acceso los visitantes…
Como muchas de las compras de autos clásicos son realizadas en Europa o EE.UU., el museo tiene buenas bases en el exterior. Algunos de los autos participarán de eventos como el Concours d’Élégance de Pebble Beach, como forma de divulgar al Museo Carde entre los grandes coleccionistas extranjeros y firmar intercambios de acervos. Ya se habla de un convenio con el Petersen Automotive Museum de Los Ángeles, EE.UU, que tiene una de las mayores colecciones de autos del mundo. Otra idea es hacer en Campos do Jordão un concurso de elegancia bajo el mismo molde en que son realizados allá afuera.
«Después de muchos años en que nuestros autos de alta categoría eran vendidos al exterior por Colin Crabbe y tenían su historia brasilera postergada, queremos repatriar automóviles, preservar nuestro patrimonio y volver a traer las cosas buenas de afuera«, anunció Goshima.
Fotos: Jason Vogel
Nota publicada originalmente en Motor1 Brasil

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Brasil pra frenchi… ¡Bienvenido un poco de delirio tropical!
Imposible encontrar entre nuestros coleccionistas y empresarios cabezas así.
espectacular