
Ya en el camino, hubo algo de público esperando los automóviles construidos antes de 1919 frente a la Catedral de San Isidro, bastante más en el punto final, frente al Museo de Arte de Tigre, pero lo más simpático se vio en lugares aleatorios del trayecto, donde se encontraban familias y adultos mayores conmovidos por el paso de la caravana. Otra particularidad es que la avenida Libertador, lado provincia, se veía como una larga sucesión de tribunas naturales en cada café y en cada bar que sacó mesas afuera y recibió a gente atraída por el paso de la caravana.
Y dentro del grupo de participantes se notó el buen ambiente y las ganas de participar de todos ellos. Sucedió la magia del encuentro entre amigos y con gente con afinidades comunes luego de largas temporadas de aislamiento pandémico.
Otros que despertaron simpatía entre los espectadores fueron los bomberos del camión Ford T y sus atuendos de vigilantes del fuego de época, así como también se caracterizaron algunas tripulaciones de los automóviles participantes, tanto hombres como mujeres. Incluso hubo niñas y niños vestidos a la vieja usanza, con atuendos formales o pequeños mamelucos. Y claro, los motociclistas, al necesitar buena protección contra el clima, la suciedad y hasta posibles caídas, echaron mano de muchas prendas que a veces coincidían con la época de las máquinas utilizadas.
La cuota movilizadora la aportó un hombre invidente, que anduvo de visita por el parque cerrado. Pasó varias horas entre los autos, dando vueltas sobre cada uno de ellos y recorriendo con sus manos cada una de sus curvas y sus materiales, siempre acompañando el lenguaje de sus manos con un rictus imborrable de felicidad en su rostro.
Fotos: Diego Speratti
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