
1972 fue un año muy intenso para el estado de Bavaria, ya que en lo deportivo, hospitó a los Juegos Olímpicos en su capital, Múnich. Para dicho evento se levantaron muchísimas obras, entre las cuales estaba el estadio olímpico, sede de los juegos, y posteriormente del tricampeonato logrado por el Bayern de la mano de Sepp Maier, Backenbauer, Breitner, y Müller, entre otros. El Olimpiastadion es una maravilla arquitectónica en donde el frío y rígido diseño alemán es acogido por un enorme parque construido para la ocasión (Olimpiapark) que enmarca y disuelve en su interior a toda esa mole sostenida por tirantes de acero.
A propósito del parque, cuando pasen por allí, presten mucha atención al lago que se encuentra cerca del Estadio, ya que detrás de él, y bien metidos en el corazón del lugar funciona una playita nudista, que desde estas líneas recomendamos, y que puede ser una linda parada en boxes durante el largo itinerario olímpico…
Completa el predio, una majestuosa torre desde la cual se aprecia el Olimpiastadion en toda su magnificencia. Girando las cabezas, como diría Roberto Giordano, y mirando hacia la derecha de la torre, nos encontramos con otra construcción fastuosa e inaugurada para los juegos pero que poco tiene que ver con el deporte: el edificio y el museo BMW, otras dos joyas del arte de construir, que inspiradas en formas mecánicas, transmiten una agradable aunque intrigante sensación de potencia. Estos edificios lindan con la planta de producción, y representan un gran ejemplo de arquitectura temática.
Si anda por Munich, ya sabe: un currywurst acompañado con una rica cerveza, para luego darse una vueltita por el estadio. Cruza el lago (que le mostramos en la foto), y allí se toma todo el tiempo del mundo para chequear in situ las bondades del majestuoso y afamado ganado yegüarizo teutón, para después con toda la calma del mundo decirle a la patrona: «sabés que… vamos a la torre». Si desde lo alto de la misma, y turbado por las imágenes de la playa, logra reprimir el natural instinto de lanzarla al vacío, puede sugerirle que lo acompañe a ver el museo y el edificio BMW. No se va a arrepentir.
El auto de la foto: Un 2002 segunda serie, aunque todavía con faros redondos traseros, y de riguroso traje naranja.
¡Besheza!
Fotos: Milleruote, www.flickr.com
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