Cada jueves por la tardecita, entre los meses de abril y octubre, los muchachos y muchachas «petrolheads» de Montreal salen rajando del trabajo tratando de ganarle al tráfico y juntarse en una escena digna de la película «American Graffiti», en el estacionamiento de un bar lácteo en forma de naranja sobre la vía de servicio de la autoruta 15. Todo muy cincuentista. Sólo faltan las camareras en patines de rueditas trayendo un pancho a la ventanilla.
Blancos, morenos, hispánicos y nativos de las dos reservaciones Mohawk de la zona caen cada jueves a mostrar sus joyas sin ninguna pretensión. Conviven sin fricciones el inglés, el francés y el español y al menos diez acentos diferentes. Originales, modificados, restaurados y descangallados se codean sin complejos. Las birras de los «tailgate parties» circulan y el efluvio de las hamburguesas se mezcla con el de la nafta de 110 octanos y el aceite de ricino. Aún después que invade la penumbra se intercambian, compran y venden piezas. Algunos pactos se sellan y luego cada uno se va por donde vino.
Fotos: Carlos Maggi
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