
Aquello que ahora se llama Dixieland y apela como puede a la estética gringa, al rockabilly y la impronta de los restaurants del norte del Río Bravo allá por la década de los años 50, es en realidad la gloriosa sede del Vicente López Automóvil Club, gran organizador y fiscalizador de competencias de velocidad especialmente activo en las décadas de los años 50 y 60. De aquello da testimonio al menos su atractivo logotipo con forma de cronómetro colocado sobre la fachada.
Antes que existiera Dixieland pasaron algunos concesionarios del restaurant, unos más exitosos que otros, con recuerdos indelebles para los vecinos de buenas épocas de servicio de cocina tipo “bodegón”, cuando se conseguía ver la luz atravesando esa misma puerta después de una colosal dosis de milanesa con papas fritas a caballo humectadas por un Vasco Viejo o algún tinto del estilo, rebajado convenientemente con soda de sifón.
Como uno de los testimonios finales de la opulencia pre crisis del petróleo, el Cadillac Deville 1970 ha sido protagonista fetiche en innumerable cantidad de películas, pero seguramente el primer recuerdo de la pantalla que se nos viene a la mente es el de aquel otro Deville convertible blanco, con cuernos de toro sobre el capot, que utilizaba con mucho celo el comisionado Boss Hogg en Los Duques de Hazzard.
Fotos: Diego Speratti
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Los mozos del viejo restaurant: uno, el formoseño mala onda pero que tiraba chistes e indirectas muy divertidas, Carlos creo se llamaba.
Y después estuvo muchos años Graciela, una señora gordita y que parecía siempre cansada, pero no por eso dejaba de ser muy amable y simpática.
Un ejemplar digno de Armando Bò