Al Maestro con cariño

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Praça Mauá, Río de Janeiro, 7 de agosto de 1982 (recuerdo la fecha porque fue el día del accidente que sacó a Didier Pironi de la Fórmula 1). Mientras esperaba el ómnibus de la empresa EVAL que me llevaría a Seropédica (la ciudad del interior donde vivía), comencé a hurgar en el enorme kiosco de revistas de la terminal y di de frente con una revista de autos bien diferente de la habitual «Quatro Rodas». En vez de Chevrolet Monza o VW Parati, aquella tal «Motor 3» traía en la portada al T-Balde, un hot rod loco hecho en Brasil.

A partir de allí, la «Motor 3» se volvió mi gran pasión impresa. De los Romi-Isetta a los Tribus (uno de los primeros ómnibus de larga distancia de tres ejes de Brasil), la revista creada y dirigida por José Luiz Vieira siempre escapaba a lo convencional. El no se conformaba con probar los lanzamientos más recientes de nuestra industria. Prefería manejar cosas diferentes (ultramodernas o antediluvianas) y a través de él lo hacía el lector, ya convertido en amigo, viajando de acompañante.

En tiempos de importaciones cerradas, «Motor 3» nos regaló tapas con Duesenberg, DeLorean, Audi Quattro, una Kombi alemana con tracción integral… «Pepe Luis» no estaba ni ahí con las cuestiones que dicta el mercado -el disfrute de él era hablar de tecnología con emoción, y de una manera que un adolescente atontado entendía-.

El paseo que «Pepe Luis» dio con un 300 SL «Ala de Gaviota» en Alemania, al lado de su eterna compañera Vera, se convirtió en el mejor texto sobre automóviles jamás escrito en lengua portuguesa. Eran páginas y páginas de pura pasión automovilística, sin preocuparse ni siquiera por las convenciones periodísticas. La historia comenzaba con el redactor teniendo una alucinación visual mientras manejaba un camión en 1955, época en que estudiaba ingeniería en los Estados Unidos.

Si faltaban novedades, el tipo fabricaba sus propios automóviles, como el «Koizyztraña» y contaba los detalles de la aventura. En «Motor 3» disfruté también los textos de Oscar Nelson Kuntz y de Expedito Marazzi, descubrí la aviación romántica con Fernando de Almeida, y conocí a Roberto Nasser y a José Rezende «Mahar», que se convertirían en mis maestros y amigos una década después. Si «Quatro Rodas» fue el texto escolar, la «Motor 3» valió como universidad. Pasé mucho tiempo intentando imitar, erróneamente, lo que leía en la revista.

Felizmente tuve el tiempo de decirle todo eso a «Zé Luiz» y -¡qué honra!- compartir el auto con él en alguno que otro lanzamiento de autos. No creo mucho en ese cuento de que hay otro mundo ni vida eterna en el más allá, pero en el fondo, espero que el encuentre en algún lugar a sus viejos compañeros de redacción.

A Vera, mi cariño.

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