
La asistencia al teatro, formaba parte de las salidas de “extensión cultural” que organizaba nuestra escuela (ENET No 35), coordinadas por un preceptor (a la sazón encargado de la sala de proyecciones) que seleccionaba de la cartelera material para complementar nuestra formación y sacarnos del encasillamiento de “los fierros”, agregando otros programas a las películas sobre lubricación de motores que periódicamente nos mostraba el Ingeniero Antonio Bianchi, ocasión que algunos aprovechaban para descabezar un sueñito en la penumbra.
En su otra vertiente, la obra periodística, muchas de sus famosas (y filosas) “Aguafuertes Porteñas” tuvieron como eje al automóvil, el transporte público y las calles de la ciudad, como: “El vendedor de automóviles”, “El acompañante del que maneja auto particular”, “El automovilista incipiente”, “El arte de robar automóviles”, “Disquisiciones automovilísticas”, “Capacidad del automóvil familiar”. Así en “El cementerio de los automóviles”, de 1933, describe el paisaje desolador de piezas inservibles que encontró en un rincón de Buenos Aires, como “el paraíso de los inventores”. Recorriendo la calle Rivadavia descubrió que en cierta zona abundaban los depósitos de motores inservibles, yacimientos de piezas de automóviles “sin aptitud para servir como repuesto ni en un carro”; un arsenal “mulero”, por tratarse de máquinas totalmente inútiles. Arlt cuenta sobre los visitantes de ese cementerio de automóviles, esa “necrópolis mulera”, que adquieren un juego de bielas inservibles o un radiador que parece una regadera.
Probablemente la adaptación teatral de “Los Siete Locos”, que incluía el desnudo frontal de la actriz que encarnaba a la esposa de Erdosain haya obnubilado nuestras mentes adolescentes, al punto de impedirnos apreciar los motivos “fierreros” que ornamentan el frente del edificio que ocupaba el Teatro El Picadero, obra del italiano Benjamín Pedrotti, debidos a que fue erigido a fines de la década de 1920 como sede de la firma autopartista Armido Bonelli, representante de American Bosch, Zenith, y otras marcas de autopiezas.
La sala del entonces pasaje Rauch (antigua traza del primitivo Ferrocarril Oeste) de la Capital Federal, fue destruida en ese 1981 por un atentado incendiario provocado por un grupo parapolicial buscando interrumpir la realización del ciclo “Teatro Abierto”, conservando apenas la fachada original. Años después fue rehabilitado como estudio de grabación hasta que, a mediados de 2001, volvió a funcionar como teatro incorporando un espacio gastronómico.
Fotos: Alejandro Tasso
(Sobre textos originales de Guillermo Giucci y Silvia Saitta)

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