Hay lugar: Arlt y el Picadero de Bosch

Alejandro Tasso
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De la parva de cosas que aparecieron con la cuarentena, entre los folletos y recuerdos de viajes escolares rescaté además algunas piezas de memorabilia extra-curricular. Hoy les muestro parte del programa de mano de la versión de “Los Siete Locos”, presentada en 1981 en el Teatro del Picadero por el director Rubens Correa.

La asistencia al teatro, formaba parte de las salidas de “extensión cultural” que organizaba nuestra escuela (ENET No 35), coordinadas por un preceptor (a la sazón encargado de la sala de proyecciones) que seleccionaba de la cartelera material para complementar nuestra formación y sacarnos del encasillamiento de “los fierros”, agregando otros programas a las películas sobre lubricación de motores que periódicamente nos mostraba el Ingeniero Antonio Bianchi, ocasión que algunos aprovechaban para descabezar un sueñito en la penumbra.

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“Los Siete Locos” (1929) probablemente sea la obra literaria cumbre de la bibliografía de Roberto Arlt, fallecido el 26 de julio de 1942. El libro reflejaba los conflictos del hombre frente a la vida moderna, organizada en torno al modelo de la producción en serie. Su narrativa incluía numerosas referencias a procesos industriales y cierta idealización de la figura del inventor exitoso al estilo de Edison y Henry Ford.

En su otra vertiente, la obra periodística, muchas de sus famosas (y filosas) “Aguafuertes Porteñas” tuvieron como eje al automóvil, el transporte público y las calles de la ciudad, como: “El vendedor de automóviles”, “El acompañante del que maneja auto particular”, “El automovilista incipiente”, “El arte de robar automóviles”, “Disquisiciones automovilísticas”, “Capacidad del automóvil familiar”. Así en “El cementerio de los automóviles”, de 1933, describe el paisaje desolador de piezas inservibles que encontró en un rincón de Buenos Aires, como “el paraíso de los inventores”. Recorriendo la calle Rivadavia descubrió que en cierta zona abundaban los depósitos de motores inservibles, yacimientos de piezas de automóviles “sin aptitud para servir como repuesto ni en un carro”; un arsenal “mulero”, por tratarse de máquinas totalmente inútiles. Arlt cuenta sobre los visitantes de ese cementerio de automóviles, esa “necrópolis mulera”, que adquieren un juego de bielas inservibles o un radiador que parece una regadera.

Con la intriga de quien evidentemente nunca visitó el sector de Autojumble de Autoclásica se preguntaba “¿Quiénes son, entonces, los que trafican, compran y hacen desaparecer del mercado esos hipotéticos volantes, aquellas imposibles carrocerías, esas ruedas fantásticas, y las bielas que más que golpear dan patadas, y los cojinetes que de tan ovalados son ya oblongos, y los cigüeñales entecos, descentrados y rotundamente tirados a muertos per secula seculorum?…”.

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Probablemente la adaptación teatral de “Los Siete Locos”, que incluía el desnudo frontal de la actriz que encarnaba a la esposa de Erdosain haya obnubilado nuestras mentes adolescentes, al punto de impedirnos apreciar los motivos “fierreros” que ornamentan el frente del edificio que ocupaba el Teatro El Picadero, obra del italiano Benjamín Pedrotti, debidos a que fue erigido a fines de la década de 1920 como sede de la firma autopartista Armido Bonelli, representante de American Bosch, Zenith, y otras marcas de autopiezas.

La sala del entonces pasaje Rauch (antigua traza del primitivo Ferrocarril Oeste) de la Capital Federal, fue destruida en ese 1981 por un atentado incendiario provocado por un grupo parapolicial buscando interrumpir la realización del ciclo “Teatro Abierto”, conservando apenas la fachada original. Años después fue rehabilitado como estudio de grabación hasta que, a mediados de 2001, volvió a funcionar como teatro incorporando un espacio gastronómico.

Fotos: Alejandro Tasso

(Sobre textos originales de Guillermo Giucci y Silvia Saitta)

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