Carabelas de la nada (Segunda parte)

Alejandro Tasso
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Una vez tomadas algunas fotos de la flota de Kaiser Carabela fúnebres, mientras mi copilota se espantaba los mosquitos, comencé a explorar la “manzana mágica”. Sorpresa: el resto de la hectárea está ocupado por un viejo galpón/salón de ventas. Adentro, un par de viejos Torino y pilas de repuestos de desarme.

Doy la vuelta y ante la perspectiva de los casi 1.000 km de viaje que restan, decidí no estirar la frenada y en aras de la “pax conjugalis” seguir hacia Berabevú silbando bajito.

Atravesamos la Ruta 93 y nos zambullimos en el pueblo (no hay acuerdo definitivo entre los historiadores sobre el significado del topónimo). Un breve paseo y otra charla con un par de vecinos nada aportan sobre la quimera del Graham.

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El crepúsculo se transforma en noche y hay que seguir hasta Chañar Ladeado, buscando donde dormir para volver mañana a dar un vistazo. Un plan sencillo: madrugar como es costumbre, dejar a la dama en brazos de Morfeo y desandar el camino para una breve revisita a Godeken.

El amanecer de un sábado de diciembre significa esquivar a los chicos en Hilux volviendo del baile mientras se miran las casas como un fiscalizador de ABL busca un revalúo.

Impaciente abandoné la pesquisa para ceder a la otra ansiedad que me urgía: volver a la acumulación de Carabela. Ya en el lugar descubro otra manzana, donde en medio de laureles, ligustros y algún que otro sauce se biodegradan incontables esqueletos automotrices de todo tipo y factor.

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En eso estaba, tratando de hacer equilibrio y enfocar, cuando desde atrás alguien me dio los buenos días y comenzaron las preguntas, para aclarar en algo el enigma de los fúnebres. El muchacho se presentó como el hijo del propietario de todo el yacimiento. Terreno, galpón, autos, fúnebres et al.

Según su relato el padre (n>70), se dedicaba desde muy joven a la compraventa de usados y en la época dorada de IKA (cuando el Dr. Alejandro Gómez, AKA “El maestro de Beravebú”, ocupó la vicepresidencia de la Nación) llegó a comprar un Kaiser Carabela cero kilómetro para sus desplazamientos por la zona.

Enamorado de su vehículo y simpatizante de los sucesivos modelos lanzados por la empresa tras la salida del último ejemplar de la línea de montaje de Santa Isabel quiso asegurarse el stock de repuestos.

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Así fue agenciándose las yuntas que iban radiando de servicio las distintas pompas fúnebres de la región a mediados de la década de 1970, al incorporarse los Fairlane a la oferta del mercado. Así acumuló 27 ejemplares, entre modelos de la rosarina Bonino, y de la porteña Vivian (la de la calle Gualeguaychù, a la vuelta de Fundimetal).

La obsesión por el primer auto argentino no le impidió a don Nito (como lo conocen los vecinos) seguir acumulando indiscriminadamente modelos para engrosar su variopinta tropilla, tal como se ve en las fotos. Sin esperar el despertar del “Gerard Gombert (La Gombe) del sur santafesino” me fui como quien se desangra, pensando en una nueva visita para más adelante, para tratar de acceder al galpón, conocer a Don Nito y ver sus joyas. Lo de tomar unos mates quedará eventualmente para otra ocasión.

Fotos: Alejandro Tasso

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